lunes, 8 de octubre de 2007

DANZA LA PELTON



Colaboraban con él mi hermano mayor y el primo Lucho, quienes, montados en buenos caballos, hacían la supervisión de las zonas alejadas, colaborando con don Rufino.
Lo que había que evitar a toda costa, era que yo me presentara en algún lugar de trabajo. Eso quería decir que se había informado de algún problema en dicho lugar, y que el responsable sería reprendido. Por lo demás, mi lugar preferido eran las falcas de destilación, o el trapiche de molienda de caña, donde se concentraba la mayor cantidad de actividad. Las máquinas no solo me entusiasmaban, me fascinaban. Una gran rueda hidráulica daba fuerza a una cantidad considerable de máquinas. Principalmente, por supuesto a las inmensas bocamazas de molienda de caña. Eran tres cilindros de acero que movidos por engranajes de diferente dimensión se movían a velocidad diferente triturando todo lo que se asomaba a sus fauces. Cada una pesaba varias toneladas, convirtiendo en un misterio el problema de su traslado hasta donde estaban ubicadas, en tiempos en que no había ninguna carretera. Dada la geografía serrana se trataba de todo una odisea que daba material para tejer mil historias, cada una más inverosímil que la anterior y que servía para animar las tertulias que se organizaban después la cena de las noches y que servían para reclamar al sueño. Pero ingeniosamente se había sacado fuerza hacia unos ejes que estaban instalados en el techo y de allí por medio de poleas y otros ejes se daba movimiento a otras salas de trabajo, como el taller de carpintería, para el aserradero de tablas, y para movilizar un inmenso torno de madera, que labraría y tornearía las patas de los muebles que allí se producían. Para el taller de herrería había un pequeño ventilador, que se conectaba a voluntad, para ventear el carbón cuando se necesitaba calentar los hierros de las herramientas. Yo no sé de dónde salía el trabajo, pero esos dos talleres, de carpintería y herrería, siempre estaban ocupados. Había también un inmenso torno metálico el mismo que solo se usaba cuando llegaban los alemanes a reparar alguna máquina. Estos señores recorrían en forma itinerante las haciendas haciendo mantenimiento de las máquinas. Si era necesario remplazar alguna pieza deteriorada o rota la fabricaban en el gran torno, lo cual era un gran acontecimiento y todos querían estar presentes en el taller cuando eso se hacía.
La llegada de los alemanes era todo un acontecimiento además de técnico, social, ya que los amigos de los otros fundos y propiedades arreciaban con sus visitas en tales ocasiones. Eso se debía a que los alemanes no viajaban solos, lo hacían con sus esposas y sus hijos. Mientras los varones se dedicaban a las artes de sus oficio mecánico, las mujeres lo hacían dedicándose a preparar verdaderos manjares. Su especialidad eran los quesos y los embutidos. Para esas ocasiones se les hacía esperar varias vacas escogidas y con buena leche, pues los quesos mantequillas y yogures que salían de sus manos eran apreciados por todos. Todas las señoras también querían aprender esas linduras, pero pocas lograban ingresar a los secretos que las alemanas tenían. Para los embutidos, igualmente había que hacer esperar varias docenas de porcinos bien gordos y bien alimentados. Pronto estos se convertían en exquisitas cecinas, lomitos ahumados, jamones y salchichas de todos los tamaños. Todo esto hacía la delicia de los paladares de los comensales que para eso sí se reunían en tropel alrededor de la mesa. Aún perfuma en mi recuerdo esas sesiones inolvidables que era para verdaderos groumets. Del cerdo no se desperdiciaba absolutamente nada, dejando asombradas a las amas de casa, pues hasta la sangre que ellas botaban tenía lugar en unas excelentes morcillas que eran un plato de reyes. Los platos que salían de esas recordadas sesiones, son materia de un libro especial que seguramente haremos una vez terminado éste.
Al otro extremo de estas instalaciones, se hallaba la rueda Pelton, que generaba energía. Con la misma agua, se generaba fuerza para los dos procesos, en una instalación muy ingeniosa, y muy bien diseñada. Esta energía, además de darnos luz eléctrica, nos daba la corriente eléctrica suficiente para mover los motores del torno, con el que se producían piezas para la maquinaria, o se torneaban algunas a las que se les hubieran dañado los ejes. También movían los motores de las centrífugas donde se refinaba el azúcar, así como el motor de la empacadora, que no sé por qué, tenía instalados un sinfín de ejes en el techo, que por medio de varias fajas, movían una prensa que empacaba el algodón, ya despepitado, en otra máquina. Ésta debió ser una actividad muy importante antes, pues las instalaciones eran de buena envergadura, y el salón para este trabajo, también era muy grande.
Me puse a pensar que este lugar había sido hecho expresamente para mí, y que a mi vez, yo existía porque este lugar había sido hecho a mi medida, para que yo lo hiciera prosperar. Pero ya estaban hechas muchas de las cosas que siempre soñé con edificar. Me propuse firmemente hacer todo lo humano y divino que estuviera en mis manos para comprar esa tierra que no solo me había cautivado, sino que era como un sueño que uno dificulta en aceptar como realidad. No quería ser solamente su explotador, sino que el lugar fuera enteramente mío. Estaba firmemente convencido de que, si uno se propone intensamente algo, termina por lograrlo. Me puse a pensar que el alma que cada uno tiene, tiene un lugar donde encaja totalmente como un molde que estuviera buscando a su modelo, como una mitad de una moneda que hubiera encontrado a su otra mitad para sentirse realizada y tener su verdadero valor en oro.
Todo era perfecto, el clima, la tierra bendita que producía todo lo que humanamente un hombre puede desear. Tenía tres climas principales, y varios más, intermedios. Ciertamente, tenía algunos mosquitos rubios, pero éstos eran molestos sólo al principio. Luego terminabas por no hacerles caso.
Era el trabajo perfecto. No como un empleo, donde tienes que acomodarte a un sueldo. Aquí podías ganar de acuerdo al tamaño de tu esfuerzo. Muy poco o mucho. Las herramientas y los elementos estaban ahí, dándote en la cara a cada momento, la tarea consistía en juntar esos elementos de la manera más apropiada y yo sentía que el molde en que me había fabricado era para hacer esas combinaciones. Seguramente los artistas sentían algo parecido a lo mío, un calor inmenso que te daba energía como una fragua que se retroalimentaba de forma inagotable.
Y mi familia era perfecta también. Mi esposa, la mujer que siempre había soñado, una mujer no sólo profesional de nota, sino una mujer culta y delicada. El único defecto que tenía era que no sabía cocinar, pero eso se subsanó fácilmente, cuando le dije a mi suegra.
§ Me caso con su hija, señora, siempre y cuando usted nos acompañe, y cocine para mí.
§ Por eso no faltará, joven, que por una hija, la madre puede hacer eso y más.
Se lo dije en broma, pero ella lo tomó muy en serio su promesa, y como lo dijo, lo hizo. En los primeros años, cocinó en vez de su hija, y debo confesar que lo hizo maravillosamente. Tenía una mano divina para los potajes que siempre me gustaron.
Luego de enseñarle lo principal, se preocupó por enseñar a una cocinera, para que su linda hija no lo pasara mal. Con los años, dejó sus inmensas propiedades y se vino definitivamente a vivir con nosotros, y supervisaba minuciosamente a las cocineras del fundo, con mano férrea, pero principalmente con ese sabor armonioso y exquisito de sus potajes, y ese perfume de amor y don de gentes que dejaba a su paso. Pero ella fue mucho más allá de su compromiso original. Con mano sabia me ayudaba en todo lo humano y lo divino. Al parecer también sintió la magia y el encanto del lugar al que Dios nos había guiado. Me ayudaba con mucho tacto en el manejo de los negocios, sin hacer sentir la autoridad que había ganado en su pueblo. Tenía una mano especial para criar a sus nietos, dando su preferencia por el tercero de mis hijos, por haberlo criado cuando se asomó la tercera hija antes de lo que esperábamos. Desde entonces se creo entre ambos una relación que duró más allá de la muerte. Tengo que aceptar que de ella aprendí muchas cosas. Por ejemplo a u inicio yo me sulfuraba muy rápido con pequeñas contrariedades, lo que me hacia perder buenos negocios o alejaba de mi a buenos colaboradores. Sutilmente me hacía comprender que quién esta arriba no solo tiene derechos sino también obligaciones, una de las cuales era el respeto por todos los que nos rodean.
Pero quiero aprovechar para decir que fue su ejemplo y su tesón el que me sirvió de guía para todo lo que me propuse hacer. Ella viviendo en un pequeño pueblo había sido capaz de organizar toda una ingeniosa industria para poder educar a sus hijos. Usando como herramienta un horno de pan, sembró trigo todos los años. Lo sembraba en un valle cálido a más de 50 kilómetros de dónde vivía. Lo cosechaba y lo trasladaba a más de 100 kilómetros, hasta la capital de la provincia para hacerlo moler. Luego lo volvía a trasladar hasta el pueblo donde los transformaba en exquisitos panes, galletas, tortas, bizcochos y cuanto pudiera dar la imaginación y las solicitudes de sus clientes. Sembraba papa, la cosechaba, la transformaba en almidón o mandioca como la llamaban en esos tiempos, para lo que juntaba a veinte o treinta mujeres que con sendos ralladores que hacía fabricar a su esposo, rallaba la papa por semanas enteras para poder extraer la fécula, una vez cernida la masa. Con el almidón fabricaba unos requisimos vizcochuelos y bizcotelas que eran solicitados en toda la provincia y demás pueblos vecinos. Se hizo de una fama que tras.. las fronteras de la provincia y convirtió su negocio en una verdadera empresa industrial. Con ese dinero mandó a sus hijos a la capital de la república. Y sus hijos fueron el primer ingeniero civil de toda la región y la primera profesora titulada en un centro de prestigio como era San Pedro, en Lima. Y con … visionaria siguió juntando dinero para trasladar sus actividades a la capital Lima, pues su misión era dar a su familia un lugar apropiado en el mundo. Lo juntado durante varios y difíciles años lo llevó con la idea de comprar 10 has de terreno en Lima. Y aquí viene la anécdota que trajo a esa hija tan bien cultivada a mis brazos. Resulta que su esposo que era uno de esos señores de una inteligencia soberbia, pero que no son seres para este mundo. Era el típico hombre que llamaban siete oficios y catorce necesidades. Era muy ingenioso en todo lo que hacía y de sus manos salían maravillas, pero no tenía en mínimo concepto del valor de las cosas. Todo lo que hacía lo regalaba con una magnanimidad de mejor causa. Este señor llegando a Lima quedó prendado de esos vehículos que recién llegaban a la capital que eran los automóviles. Se propuso tener uno, pues lo maravilló a tal extremo que se pasaba largas horas frente a los escaparates de la tienda que exhibía esos vehículos. No sabía como abordar el tema ante su consorte, que con los pies bien plantados en la tierra era la que mandaba sobre la economía de la familia.
Uno de esos días vio lo que de inmediato pensó sería su salvación. Un camión que había llegado y que era el vehículo de carga de ese entonces, Sería seguramente de los que cargaban unas tres o cuatro toneladas según los registros periodísticos de la época. Fue con la novedad donde sus amigos pues se propuso con gran empeño averiguar en que se podía emplear esos interesantes artefactos. Ellos le dijeron que unos amigos estaban ganando buen dinero trayendo sandías y otras frutas desde Ica. Con eso le bastó al buen hombre para ir corriendo con la novedad donde su patrona. Le expuso el tema adornado de mil flores y sobre todo indicando que con ls prontas utilidades no solo se pagaría el camión sino que se compraría un terreno mucho más grande. ya habrán adivinado ustedes que luego de mil razones la señora llegó a pensar que por fin su consorte había encontrado el buen juicio y a partir de entonces contribuiría con la economía del hogar. Se dio la prima del camión, se buscó un chofer que por entonces había poquísimos i cobraban una fortuna por conducir. Por supuesto no había una carretera formal hasta Ica y gran parte del trayecto se hacía por los arenales. Se llegó a hacer algunos viajes, todos con resultados en pérdidas por uno u otro motivo. Don Leoncio que así se llamaba el príncipe consorte, más de ocupaba en estudiar cómo habían construido el coche que en subsanar las cuentas y administrar el negocio. Lamentablemente no había cambiado mucho. No lograba percibir que las letras que había firmado tenían una fecha en que se debían pagar, por lo que éstas se fueron acumulando, así como el sueldo del chofer. A esto se agregó que en el último viaje se habían descompuesto varias piezas del camión las que había que comprar para seguir caminando. La bolsa de la matrona empezó a enflaquecer hasta que dijo basta. La compañía recogió el camión y la familia se quedó sin camión y sin terreno. Eso motivó el retorno decepcionado de la señora Hortencia aun trabajo que conocía bien y que creía superado hacia nuevos horizontes. Pero mal de algunos en bien de otros. El retorno fue para mi una bendición, pues había conocido a la linda profesora an las vacaciones que pasó en su pueblo y estaba que bebía los vientos por volverla a ver. Y no se si la surte o la tragedia fueron las que la trajeron a mis manos, pero desde entonces hice lo inaudito por conquistar su corazón y la vida me ha compensado con creces el empeño.

DANZA EL BURRITO


DANZA EL BURRITO


¿Y el burrito cumple?


Arreglé todos mis asuntos pendientes. Cobré lo que debía cobrar, y pagué lo que estaba pendiente de pago. Tendría que cancelar todos mis asuntos en esta ciudad, pues el trabajo que me esperaba era arduo y no me permitiría venir con frecuencia. Convinimos con mi esposa, en que viajaría con dos de los niños, y el tercero se quedaría, por el momento, con su abuela.
El trabajo de la hacienda era un desafío, duro y difícil, pero eso era lo que en realidad me agradaba. Un trabajo al aire libre, que tuviera toda mi atención, pero que fuera productivo, y con una compensación económica, adecuada al esfuerzo realizado. Desde temprano recorría a caballo el campo acompañado de don Rufino. Cada recorrido era una lección del viejo, que me iba haciendo conocer las cualidades del terreno.
§ Esta parte don Alfonso es apropiada para sembrar alfalfa, mire la calidad del suelo y dispone de agua suficiente para el regadío.
§ Bien don Rufino, y dígame además de la caña y el ganado, que otra cosa se puede trabajar que sea rentable.
§ Pues hay que sembrar algodón. Hace unos años era una actividad muy productiva, y se cuenta con instalaciones para procesar la cosecha y hasta empacadoras.
§ ¿Y que se hacía con el algodón?-
§ Pues tela. De la misma forma que se hacen los tejidos en telares en las alturas, aquí se hacía una tela de algodón que era muy solicitada. Pero en la actualidad lo que se hace es vender el algodón a las fabricas de la costa. Para eso son las empacadoras.
§ Parece un buen negocio.
§ Lo es, y tenemos la ventaja de que aquí se produce algodón de diversas variedades y hay también de varios colores, lo que no se da en la costa.
§ Pinta bonito el asunto amigo Rufino.
§ Producir para la costa será el negocio del futuro, hay que poner empeño en ese asunto. Por el momento es un poco difícil porque la carretera es nueva, pero la capital crece muy rápido y se están instalando muchas fábricas de extranjeros.
Finalizado el año, fui en busca de la familia. Los traje, y los instalé espléndidamente. Había un buen taller de carpintería, donde mandé construir unos sólidos y hermosos muebles de dormitorio. A mi esposa que le gustaba la lectura, y escribir frecuentemente, así que le mandé hacer unos hermosos muebles con un escritorio al centro y bibliotecas, en su salita de descanso, donde podría dedicarse a lo que realmente le agradaba. Su biblioteca, sus libros, y revisar sus revistas argentinas, a las que ya estaba suscrita cuando me casé con ella.
Mis dominios estaban en el primer piso, a un extremo del edificio. Era una oficina de cinco por seis metros, con un escritorio inmenso, que dominaba todo el recinto. En el otro extremo había muebles de sala, para recibir a los amigos. Pero pegadas al escritorio estaban unas sillas más bien bajas. Cuando quise hacerlas cambiar, don Rufino me aconsejó no hacerlo.
§ A pesar de que es usted alto, el que está detrás del escritorio debe dar la impresión autoridad y dominio total.
§ Pero don Rufino, con este inmenso escritorio, ya se impresiona a cualquiera.
§ Esa es su finalidad. Por eso mismo, el sillón está a una mayor altura, y las sillas donde se sientan los empleados son más bajitas. Verá usted que con algunas personas, esa ventaja es de gran utilidad. Con los amigos, por el contrario, usted debe estar al mismo nivel.
§ Usted sabe muchas cosas, don Rufino, veo que no sólo la administración es su especialidad, sino también las relaciones humanas.
§ De eso se trata, amigo, hacer producir una propiedad no es cosa sencilla. Se deben conocer todas las facetas de los seres humanos, pues ellos serán los que con sus cualidades o defectos, nos permitirán tener pérdidas o ganancias.
Buenas lecciones me dio don Rufino. Me gustaba como estaba organizada la empresa. Tenía una parte agrícola, que se trataba de producir para el mercado productos de pan llevar. Se cultivaban, asimismo, dos líneas de productos agroindustriales, el algodón y la caña de azúcar. El algodón se empacaba y se enviaba a las empresas de la costa. La caña, en cambio, se procesaba produciendo tres artículos. Azúcar semirrefinada en pequeña escala, chancaca, que era un producto muy solicitado, y aguardiente de caña, producto que tenía una fama bien reconocida. Lo venían a buscar de lugares muy lejanos.
En forma complementaria se mantenía una buena crianza de vacas lecheras, y ganado de engorde. Sin ser el negocio principal, también se criaban, en las zonas altas, alpacas, llamas, y ovejas, cuya saca era una sola vez al año. En los corrales había una buena cantidad de caprinos y ovejas que se renovaban constantemente, porque eran parte principal del menú diario, algunas docenas de cerdos, caballos de paso, de buen porte y raza, así como una buena cantidad de mulas, y varias parejas de bueyes, que eran los encargados del transporte de la caña, en grandes carretas. Los bueyes que jalaban las carretas de caña parecían montañas. Habían sido criados especialmente para esa labor. Recorrían los campos con su paso lento y cansino, pero en cada carga llevaban buenas toneladas de caña. En cambio las mulas, de las cuales había unos 60 animales se encargaban de transportaban la caña de los campos con difícil acceso para los bueyes. Eran unos animales maravillosos que andaban con buen paso todo el día. Su alimentación lo hacían con el cogollo de la caña mientras el encargado cargaba al resto de la piara o mientras se descargaba la caña. Cada año se hacía la renovación de algunos animales que ya habían cumplido con su trabajo, para lo cual se disponía de una tropilla de 20 yeguas de buena alzada acompañadas de un burro hechor que había sido traído de la costa con ese exclusivo motivo. El animal al parecer sabía bien que estaba en sus dominios, pues levantaba la cabeza y exhibía sus partes paseando en medio de su harén. De inmediato don Alfonso pensó que la tropilla podía crecer rápidamente pues en su pueblo había bastante crianza de caballos. “Aquí hay un buen negocio” dijo, siempre atento y con buen ojo para las oportunidades.
§ Y el burrito cumple con su trabajo don Rufino? Preguntó.
§ Cumple como los buenos don Alfonso, sino mire usted las mulitas, ahí tiene cuatro que el próximo año ya empezarán a trabajar y por eso están siendo amansadas-
§ Tiene buen porte el animal, ¿de dónde lo habrán traído?
§ En Ica, hay un señor que se dedica a la cría de éstos animales. Tienen que ser de buen tamaño para que las mulas respondan a este duro trabajo. El hombre que vende estos animales sabe bien su oficio.
§ En poco tiempo tendremos cuatro o cinco de esos burritos señor Rufino le dijo al administrador, tome usted nota, pues los hacendados de los alrededores deben necesitar esos animales.
§ Usted es rápido don Alfonso para el negocio, efectivamente hay mucha gente que viene de muy lejos buscando estos animales, pues cuando están bien alimentados y entrenados son animales que no tienen precio.
§ En cuanto a la comida
§ Pues aquí como habrá visto abunda la comida, empezando por el cogollo de la caña, que en otros lugares como en la costa se quema, aquí se aprovecha para los animales cortándolo antes de que la caña entre a la molienda.
§ Y bueno la tierra abunda…
§ Claro cuando falta forraje se siembra avena y cebada en la puna y de eso se hace un buen alimento balanceado con que se engorda a los animales para la venta.
§ Estoy muy contento don Rufino, parece que Dios hubiera diseñado este lugar, respondiendo exactamente a la necesidad de mis sueños y de mis mas caras oraciones. Aquí hay tanto que hacer. Es un paraíso donde el hombre solo tiene que pones su imaginación y arrimar el hombro.
§ Yo también estoy muy contento don Alfonso, es un gusto trabajar con un empresario joven y que tiene el empuje que usted tiene.
Había una efervescencia de actividad contagiosa. Se contaba con dos mayordomos, encargados de los diversos trabajos.. Cada uno tenía muy bien delimitadas sus tareas. La hora del ingreso era a las seis de la mañana, se llamaba “el entable” o en quechua “la quillca”. Allí se formaban los grupos para los diferentes trabajos. Normalmente, había entre cien y ciento veinte hombres. Pero cuando se hacía algún trabajo especial, como nuevas plantaciones, podían pasar fácilmente de los doscientos cincuenta o trescientos hombres.
Con esa cantidad de personal, distribuido en múltiples tareas, la dificultad estaba en los mecanismos de control y supervisión. Esa era la especialidad de don Rufino. Silenciosa, pero eficientemente, todo lo tenía bien vigilado. Para las tareas pequeñas, tenía los jefes de grupo, a quienes daba instrucciones muy precisas, y en cualquier momento llegaba a donde ellos estaban, montado en su brioso caballo blanco, para controlar su cumplimiento. Para las tareas más importantes, estaban los dos mayordomos, detrás de los cuales estaba constantemente, indicándoles los correctivos que tenían que poner, o bien la velocidad con la que tenían que hacer un trabajo.

La tierra prometida


LA TIERRA PROMETIDA



Con los dos lotes, había logrado una utilidad muy considerable. Con el viaje a Lima, igualmente había conseguido dar una vuelta al dinero reunido. Pero no encontraba una actividad permanente, y que me gustara, como para dedicarle todos mis esfuerzos, y hacer producir el dinero, tan providencialmente conseguido.
Conversé con mi amigo, el ingeniero Enrique. Me dio algunas pautas generales, era una persona de mucha experiencia, pero en su línea de trabajo. Sólo atinó a indicarme que en unos años, ésta sería una zona muy próspera, pues tenía todo para convertirse en una ciudad muy importante y con mucho comercio, y por ello me aconsejó dedicarme a la línea comercial.
Era un buen consejo, pero no terminaba de convencerme. Yo era un hombre de acción, y estar sentado, esperando la llegada de los clientes, era contrario a mi carácter.
Luego de unos días, en forma casual, me encontré con mi padrino de matrimonio, y le fui con la misma pregunta. Él fue quien me aconsejó llevar las cuentas a la capital del departamento.
§ Pues claro, ahijado, me dijo, justamente lo estaba buscando, como sabe, yo frecuento tanto esta ciudad como la capital del departamento, allá se está alquilando un lindo fundo, que está en pleno funcionamiento. Las dueñas son tres señoritas solteronas que viven en Lima. El fundo estaba administrado por el hermano varón, pero ellas no están conformes con ese arreglo, por lo que han resuelto arrendarlo, siempre y cuando se les dé el importe de un año por adelantado. Es una buena oportunidad, ahijado.
§ Gracias, padrino, le decía, pero ya no escuchaba lo que hablaba, ya estaba soñando con llevar a mi esposa a una casona antigua y prestigiosa, y trabajar al mando de un sinnúmero de trabajadores.
§ Yo estoy viajando este fin de semana, si usted quiere, vamos juntos, y aprovecho para presentarle a las dueñas.
§ No faltaba más, mi gran amigo, estaré en su fundo a primera hora.
Ese proyecto sí que me entusiasmó. Era algo a la medida de mis sueños. Pero no tenía idea de que el dinero pudiera ser suficiente. Hasta el fin de semana, casi no pude dormir. Despertaba a mi esposa, a las tres o cuatro de la mañana, y no la dejaba dormir con mis comentarios y temores.
§ Y si alguien nos ganó la mano y ya lo tienen alquilado, le decía, he debido proponerle al padrino viajar de inmediato.
§ A no preocuparse tanto, me contestaba, si Dios quiere que hagamos eso, estará la oferta esperando, si no, ya se presentará otra cosa.
Ella era muy estimada como profesora. Había estudiado en el Pedagógico Nacional de San Pedro de Lima, de donde salían los profesionales más destacados del país .A ella le daba igual estar en Andahuaylas o en Abancay o en cualquier otro sitio, siempre se necesitarían sus servicios y hasta se disputarían los colegios o escuelas por contar con ella, eso lo sabía bien. Pero yo necesitaba dedicarme a una actividad que estuviera a la altura de la de mi esposa, eso ella parecía no entenderlo, al principio. Pero me escuchaba con paciencia mientras me revolcaba de un lugar a otro sin encontrar sueño ni sosiego.
Por fin llegó el día. Salí a caballo, muy de madrugada, pues eran unos buenas cuatro horas de camino a muy buen paso. Antes de que el hombre se levantara, ya estaba yo esperando.
Se sirvió un opíparo desayuno, mientras él me daba algunas instrucciones, sobre quienes eran las personas con las que íbamos a tratar, y como se debía abordar el asunto.
Fueron unas buenas enseñanzas. Felizmente, había llevado en una pequeña maleta un terno muy presentable, que traje de Lima en mi último viaje. Me lo puse, y estuvimos prontos a abordar el coche de mi padrino y amigo.
El viaje nos demoró más de seis horas, por lo que estábamos llegando al fundo en alquiler, hacia las seis de la tarde. Nos recibieron con mucha urbanidad y cortesía. Desde el inicio, se percibía un ambiente refinado. Las dueñas parecían esos personajes de las películas o de las novelas, que a mi esposa le gustaba leer, y que a veces compartía conmigo. Sus vestidos eran muy elegantes, la casa hacienda también parecía casi una ciudadela, por la cantidad de dependencias que tenía. Nos invitaron a alojarnos por esa noche, y a asearnos para tomar los alimentos a las ocho de la noche.
Mi acompañante, conocedor de las costumbres de estos lares, se había puesto un terno blanco y una corbata muy elegante. Yo tenía un bonito terno, por supuesto, pero comparado con el de mi amigo, parecía algo tosco. Más bien el hombre, prevenido, había llevado una corbata de más, y que hacía juego con mi terno, así que la sacó oportunamente y me la entregó con estas palabras.
§ Tenga usted, como un presagio de un buen negocio, ahijado. Estoy seguro de que se llegará a un buen acuerdo. Con estas niñas no hay que apurarse, paciencia y buen humor. Lo demás, caerá por su propio peso. Lo importante, es que ya me averigüé con don Rufino, el administrador, que no han alquilado todavía la propiedad. Hay varios postores, pero no hay arreglo aún. Así que estamos a tiempo. Ahora quiero verlo negociar, igual que lo hizo con el señor Silva..
§ La verdad, padrino, me parece que me he metido en camisa de once varas. Es una propiedad inmensa, seguro que por ella piden una cantidad que está fuera de mi alcance.
§ No se deje impresionar por las apariencias, ahijado. Es cierto que es una propiedad muy bonita y muy productiva. Pero son pocos los postores. No está muy buena la situación económica. Y si no hay acuerdo, quiere decir que las propuestas han estado bajas, y yo sé que usted está en condiciones de hacer una buena oferta.
§ Pero mire esa vaquería, y esos caballos. He echado una mirada a los cañaverales, y nunca había visto una cantidad tan grande de caña junta, no sé que decirle, compadre.
§ Para eso está aquí su padrino, no se preocupe, Alfonso.
La cena fue en un inmenso comedor muy bien decorado. La vajilla, de primera y con tal cantidad de cubiertos, que era para marearse. La comida, de muy buena calidad, aunque yo comí muy poco, por la preocupación que me dominaba, pero no dejé de apreciar la calidad de la comida..
Mi amigo me había indicado que él me avisaría si era prudente tratar el tema durante la comida, pero en todo caso, sólo se haría la introducción, dejando las cosas para conversarlas al día siguiente, posiblemente en el escritorio de la administración. Todo tenía su lugar con estas señoras o señoritas. Y cada cosa tenía que ser tratada en el lugar correspondiente.
Luego de la comida, se pasó a la sala, alfombrada por supuesto, con unos enormes cuadros de la escuela cuzqueña en las paredes. Se iba a jugar unas partidas de canasta. Felizmente, conocía el juego, si no, hubiese pasado unos momentos difíciles. Ése fue el momento escogido por mi amigo, para comentar.
§ Me he permitido, pues, honorables amigas, traer al señor Alfonso Bustamante Rosas, pues es un gran empresario en tal ciudad, y tenía el deseo de conocer vuestras propiedades. Y si el caso amerita hablar de negocios, puede ser posible.
§ Si el señor está interesado en conocer la propiedad, con mucho gusto daremos una vueltas, mañana antes del desayuno.
No se hizo más comentario, y se continuó con el juego, hablando de todo menos de negocios. En verdad, me encantaba todo lo que estaba ocurriendo, pero no encontraba la forma de encajar mis deseos, y proceder de una vez por todas a tratar directamente lo que habíamos venido a tratar. Todo este rodeo me hacía pensar que se estaba escapando de mis manos el premio gordo de la lotería. Sobre todo, imaginaba la cara que pondría mi querida esposa, si le diera la sorpresa de vivir en esta hermosa propiedad.
Al día siguiente, según lo convenido, salimos a recorrer las tierras. Para ello, nos esperaban unos hermosos caballos alazanes y castaños, con sus excelentes monturas. Para mí, habían destinado un hermoso animal. Brioso, grande, pero dócil a la rienda y al mando del amo. Me complació este detalle de parte de las dueñas, y fue eso, y una serie de pequeños detalles, lo que me permitió ir logrando la seguridad y aplomo que se necesitaba para lograr una buena impresión en las damas, que estaban atentas a todo. Pues a ellas, más que el dinero, parecía importarles la seguridad de tratar con personas serias, que garantizaran una buena administración, y por lo tanto, el pago oportuno de los arrendamientos.
Con el recorrido, me enamoré más de la propiedad, en determinado momento estuvimos cerca de una pequeña colina desde dónde seguramente se tendría una magnífica visión, así que espoleando a mi cabalgadura me fui a paso vivo hasta lo más alto de la lomada. Que hermosa visión, desde allí se veían claramente los cañaverales jugando con el viento, los alfalfares con los animales paciendo en ellos, se distinguían también grupos de árboles y otros en hileras bien formadas que separaban los terrenos sirviendo de cortavientos. Las huertas y la casa dominando el conjunto con su hermosos campanario, era verdaderamente el paraíso. Fue en ese momento que me propuse luchar con todas mis fuerzas para conseguirla. Luego del desayuno, se realizó una reunión entre las dueñas y mi amigo. Seguramente, para tratar sobre los antecedentes del postulante. La reunión fue larga, mientras se encomendó al mayordomo hacerme conocer la falca, el trapiche y otras instalaciones, que me dejaron con la sorpresa en el rostro. Pasadas unas buenas dos horas, se me mandó llamar para tratar sobre negocios.
§ Nos ha comunicado don Herminio, que usted estaría interesado en nuestra propiedad.
§ Efectivamente, señora, tienen ustedes una linda propiedad, y me encantaría poder trabajar en ella. Soy joven, y con las energías necesarias para manejar bien todo esto.
§ Como habrá visto, es una propiedad extensa, por lo que la mensualidad es de mil soles, lo que significa doce mil soles al año, los que deben ser pagados por adelantado.
Me asombró mucho el precio, era muy alto, pero también accesible. Yo tenía dieciséis mil soles, si aceptara, me quedarían cuatro para el trabajo, y eso me parecía insuficiente, por lo que resolví luchar.
§ Señorita, dije, a pesar de ser una propiedad muy apreciable, ésta sin dinero, no funciona, así que hay que considerar esos detalles, que sumados a un año por adelantado, significan un esfuerzo considerable. Dadas estas razones, ofrezco a ustedes la cantidad de ocho mil soles, a ser pagados de inmediato, y remitirles mensualmente lo necesario para los víveres que ustedes requieren en la capital.
§ No estamos tan apuradas señor, dijo con una sonrisa la menor de las hermanas, pero que era la que llevaba la voz cantante en los negocios, pero su audacia nos agrada. Su entusiasmo también. Vamos a dejar este asunto en diez mil anuales, y demos por terminado el negocio. Antes que dinero, nos interesa una persona honrada, trabajadora y cumplida, y por la recomendación del señor Trelles, usted tiene esas cualidades.
§ Que sea el punto medio para que el negocio prospere, intervino mi padrino. Nueve mil, es el punto medio exacto entre las dos propuestas.
Sonrieron las doñas, ante la sorpresiva anotación, y haciendo una concesión a nuestro mediador, aceptaron con agrado. No podía creer que se había hecho el milagro. Quería salir afuera y ponerme a saltar de pura alegría, pero mirando la serenidad de mi padrino supe contenerme. Por la tarde, nos fuimos en el mismo vehículo de don Filiberto hasta la ciudad, donde con intervención de abogado y notario, se culminó y oficializó la operación.
Terminado el trámite y firmado el documento, las propietarias me indicaron que se quedarían unas tres semanas todavía, pero que no habría ningún inconveniente, pues ellas se retirarían al ala este del edificio, donde dejarían un departamento con sus pertenencias, lo que no interferiría en nada con las operaciones productivas.
Eso de hablar de alas nomás, todavía me daba mareos, la casa principal tendría unas quince habitaciones, y fuera de ello, a los extremos tenía dos edificios más, lo que las señoritas llamaban las alas.
La propiedad tenía de todo, una buena cantidad de vacas lecheras, que convinimos en que me serían vendidas, varias docenas de hectáreas con alfalfares. Caña de azúcar en unas cincuenta hectáreas, y otros cultivos de pan llevar de todo tipo. Fuera de ello, había tres huertas, con todo tipo de frutales, café, cacao, y todas las especies de verduras. Prácticamente no había necesidad de ir al mercado, todo lo producía el fundo, y si algo faltaba se traía de la parte más cálida o de la parte más fría, donde había tropillas de carneros, llamas, y alpacas. Y caballos de carga.
Confrontado con mi amigo, le dije.
§ Y ahora que hago, padrino, no tengo ni la más remota idea de por dónde empezar.
§ Todo va por partes y cucharadas, mi amigo. Ya dio usted el gran paso, ahora nos comemos el carnero pedacito por pedacito, ¿conforme?
Seguía mirándolo desesperado.
§ Sé de muchas cosas, amigo Filiberto, pero de caña nunca, yo soy más de ganado, en eso sí me defiendo, ¿pero con la caña qué hago?, solo se me ocurre hacerla picar en pedacitos y dársela al ganado, ¡por dios¡
§ Hace unos años, administraba el fundo un pariente de esta familia, llamado Rufino Herradas, podemos contratarlo a él, y lo dejamos trabajando, mientras usted termina de hacer sus cosas en el otro pueblo, y dándoles tiempo a las señoritas, para arreglar sus cosas e irse de viaje.
Buscamos a don Rufino, quien quedó encantado con la propuesta. Era ya una persona de edad, que había educado a sus hijos, y se encontraba solo, y extrañando la vida del campo. A mí también me gustó esta persona. Sin duda, el padrino pensaba en todo. Y tal vez él mismo habría querido tomar el fundo, pero tener la cantidad que las chicas pedían, era cosa seria.
La relación con el señor Rufino me cayó de perlas, pues cuando me presentaba a sus amigos y relacionados de la ciudad, y éstos se enteraban de que era mi administrador, un señor de esa experiencia y de una familia tan respetable, de inmediato impresionaba a la gente, sobre todo a los que más me interesaba conocer, como los gerentes de los bancos, de las empresas y de todas las instituciones. Eso me permitió entrar en los círculos sociales, por la puerta grande.
Luego de una semana, en que dejamos las cosas caminando convenientemente, me fui a ver a mi familia con la buena nueva.
§ Señora, le dije a mi esposa, creo que conseguimos lo que andaba buscando, un lugar donde podrá usted reinar como su rango y belleza lo merecen.
§ Dirá usted señor, un lugar donde usted pueda mandar a su gusto, me contestó risueña mi querida esposa, y que eso es lo que le gusta a usted.
§ A ti también te gustará señora, es un lugar increíble. Es la tierra prometida con que siempre he soñado.
§ Por el momento yo no puedo ir, pues faltan tres meses para que terminen las clases.
§ No tendrás que dictar clases señora, sólo tendrás que reinar sobre tus vasallos.
§ Si se trata de trabajar, lo haremos, aunque yo prefiero la ciudad, como bien sabes.
§ No solo es trabajo señora mía, se trata de dar un salto muy grande a un mundo muy diferente y eso solo podremos lograrlo juntos y muy unidos.
§ Lo veo tan entusiasmado caballero que parece haber encontrado un tesoro. De mi parte he prometido ante el altar estar contigo en las buenas y en las malas. ¿Pero que será de mi madre… de mis padres?
§ Ella vendrá con nosotros, ahora más que nunca tengo presente su promesa de estar con nosotros para remplazarte en la cocina.
§ ¿Que dices? A mi madre…
§ Es solo una broma, allí hay una legión de cocineras, doña H.. sólo tendrá que disponer y dar su visto bueno.. pero si les enseña a preparar algunas comidas que ella hace, yo seré el hombre más feliz de la tierra. Tu mamá tiene una cualidad increíble.
§ No creo que se decida a dejar todo lo que tiene, y la responsabilidad de tanta gente que depende de ella.
§ Una vez que conozca el sitio que Dios ha reservado para nosotros verás que se necesitan muchas manos para hacer un poco de lo que hemos soñado. Hay mucho campo y tu padre también podrá hacer todo lo que le gusta, Le pondremos un tallercito donde estará muy a gusto y haciendo los mil inventos que a el le gustan.
§ Le convencerá de que deje encargado a alguien de confianza su horno.
§ Dile simplemente que es una medida temporal. Una vez que se acostumbre allá, nada podrá moverla de estar con sus nietos.

DANZA DE BALAS


DANZA DE BALAS




El segundo lote fue entregado sin problemas, y por más de lo que se había pactado. A partir de ahora, había que tener más cuidado, ya todos habían corrido la voz de que estábamos detrás de buenos negocios, así que era mejor poner atención a las cosas. Por eso, pedí a mi ex compañero que me ayudara un mes más, pidiendo el permiso respectivo, y ver si se podía contar con otro efectivo que estuviera de vacaciones.
§ No te hagas problemas, compañero, sólo lleva un poco de dinero para los adelantos, lo demás págalo con cheque. A los paisanos les encanta tener un pretexto para viajar a la capital de la provincia, y más para darse el lujo de cobrar un cheque, pavonearse con las chicas y hacer sus compras del mes.
§ .Buena idea, señor guardia, perdón comandante le dije, pero de todas maneras necesito tu apoyo, aunque sólo sea por un tiempo.
§ Me he acostumbrado contigo, jefe, eres bueno haciendo las cosas y pagas bien, mejor que en el cuerpo. El Comisario te estima bien, me dijo que habían trabajado por Grau, seguro que si se lo pedimos, me dará una comisión para esos lados en que andamos.
§ Eso haremos amigo, y consigue un arma más para las posibles eventualidades.
Diciendo y haciendo, ya estábamos tras el tercer lote, que prácticamente nos esperaba en los corrales. Sólo nos quedaba esperar la pequeña punta que habían ido a buscar los amigos, y estaba próxima a llegar. Como quedaba tiempo, le propuse a Ramírez irnos por una zona de la que me habían hablado hacia poco, y tenía buena fama. No estaba ni cerca ni lejos, así que resolvimos llevar caballos de recambio y viajar a trote rápido. Para esto, tenía una mula de paso llano y muy aguantadora. Cada uno se llevó dos caballos más para volver rápido a cargo de un peón que nos llevaba bien el paso.
La corazonada surtió efecto, encontramos una buena cantidad de ganado, de un señor que había juntado un lote de cincuenta animales, y los venía preparando para llevarlos hasta Ayacucho. Con fiesta y buen licor logramos convencerlo para que nos los vendiera, con un pago adicional de premio, y con la ventaja de un nuevo contrato para dentro de dos meses, por un lote igual.
Me pareció de fantasía salir arreando tantas cabezas, sólo a cambio de un papelito que dejé al hombre, por todo su ganado. Él quiso protestar, pero ya nosotros estábamos sobre el caballo, y las reses caminando.
Todos se esmeraban, tratando de cumplir más allá de las metas. Por ello, y considerando el ganado que había quedado para levantar el lote, pasábamos largo de los trescientos animales, con los que emprendimos pronta marcha.
Me adelanté, para ver los detalles y contratar otras pasturas, ya que las que teníamos serían insuficientes. Fue una buena medida, ya que trescientos animales comen una buena cantidad de forraje en una semana.
En el camino nos esperaba una emboscada. Desde una colina nos recibieron a punta de tiros conminándonos a entregarnos. Por las armas se trataba por lo menos de seis maleantes, pero por la puntería se veía que solo dos de ellos sabían manejar las armas. Felizmente estábamos preparados para esa eventualidad. Nosotros en total, éramos cuatro. Mi amigo el policía, y mis dos ayudantes. Por precaución nos habíamos separado en dos grupos. Yo iba adelante, con mi asistente Hilario Cuevas, cuando sentimos que nos disparaban desde un roquedal, conminándonos a rendirnos y a entregar todo el dinero. Pero más bien pienso que lo que querían era dispersar el ganado, y aprovechar la oscuridad para alzarse con una buena cantidad de éste. Nos protegimos bien, y respondimos al fuego. Mi asistente tenía buena puntería, y por mi parte, había recibido entrenamiento en las fuerzas policiales. Mi amigo, que venía atrás, al escuchar los tiros, de inmediato trató de rodear el terreno y salir por encima de los que estaban disparando. Esto los cogió entre dos fuegos, y los desconcertó. Salieron a escape, y eran siete u ocho montados, que se tiraron como pudieron hacia una quebrada para salvar la vida. Al parecer se trataba de cazadores de vicuñas los que siempre andan bien armados y alguien debe haberles comentado del movimiento de ganado que últimamente se estaba haciendo.
§ Tú tendrás que perseguirlos, compadre, le dije a mi amigo, pues estos mostrencos no pueden estar rondando donde el ganado se ponga en peligro.
Le di a los dos ayudantes y continué camino. A partir de entonces, había que cuidarse más aún, estaba casi seguro que se trataba de esos malditos cazadores de vicuñas, que son insaciables y están casi siempre fuera de la ley.
Ya en el pueblo, a los tres días, me comunicó el policía que había perseguido a los atacantes, hasta que se metieron en las quebradas que dan al río Pachachaca. Además, habían identificado a dos de ellos, preguntando en los caseríos por donde pasó la correteadera.
§ Estese tranquilo jefe, que no les di la oportunidad de hacer nada contra el ganado, que debe estar mañana en sus corrales.
§ Gracias, camarada, no se arrepentirá usted del apoyo que me está prestando.
§ Esos bandidos no creo que se vuelvan a asomar amigo, pues me puse el uniforme y por donde pasé dejé el mensaje que eran perseguidos por una fuerza especial de la Guardia Civil y que a cargo estaba el más maldito de los civiles, el mismito Teobaldo Martínez.
§ Ojalá compañero que con eso sea suficiente, pues los otros amigos estarán en la misma ruta y pocos de ellos disponen de armas.
§ Pues será cosa de ir a darles una mano mi amigo, que para eso me tiene usted aquí. Iré como a dar un paseo con unos amigos que están con ganas de conocer esos rumbos. Pero de los que nos atacaron no hay que preocuparse, ahorita deben estar escondidos en alguna cueva, temblando todavía del susto. El problema es que estas cosas se propagan rápido y puede haber otros forajidos que quieran tentar a la suerte.
§ Felizmente están en buenas manos nuestras cosas camarada.
Muy temprano nos fuimos hasta la quebrada, donde llegarían los animales. Éstos llegaron, con la única nueva de que se había muerto un toro, que se desbarrancó en un paso difícil. No había nada que hacer, por lo que los arrieros y mis amigos, sólo procedieron a desangrar y despellejar el animal, que trajeron en los caballos. Era un animal joven, por lo que hicimos con él buenos caldos, y de las mejores partes una parrillada, que resultó reconfortante, luego del difícil viaje.
Muchos ya habían olido el derrotero de mis entregas, y querían saber de todo. Al llegar al campamento de mi amigo Enrique, éste los hacía pasar a su elegante oficina les invitaba un buen traga y con mucha amabilidad les indicaba que el comprador era él, y si querían cualquier trato, que hablaran conmigo, que era su representante. Qué buen amigo resultó este don Enrique, siempre me guardaba las espaldas, así yo no se lo hubiera pedido.
Esta vez, Silva demoró unos días. No lo tomé a mal. Por el contrario, sirvió para despejar a los moscardones, que por allí se habían dejado ver. Pero a los tres días, estaba clavado en el sitio, con su amplia sonrisa, y lo mejor, sus frescos billetes, que estaban dando que hablar en toda la región.
Recibido el lote, lo trasladó a los corrales de carga, distantes unos veinticinco kilómetros. Allí le planteé el asunto de que, habiendo entregado ya cerca de los seiscientos animales, se entregaría el resto en una sola entrega en vez de dos. Le gustó la idea, y así quedó acordado. También manifestó que si se excedía un poco la cantidad de animales, de lo tratado, lo recibiría con agrado.
Baste contarles que ya no fue necesaria mi intervención para el pequeño saldo que quedaba. Los hermanos Rojas, parientes míos y que habían destacado en la recolección, se hicieron cargo. No era mucho trabajo, ya que la mayor parte ya estaba en los corrales del pueblo, tomando forma a base de buen forraje.
A los veinticinco días acordados, estábamos liquidando, sobre la base de los ochocientos del compromiso. Se entregaron, en total, ochocientos dieciséis, calculando la cantidad de camionadas, que trasladaban unos doce a catorce animales, por cada carga.
Yo quedé muy contento, pues las ganancias obtenidas eran casi la mitad del total que Silva había pagado. Y ello, pagando generosamente a todos los que participaron en la operación. Todos querían saber cuánto se había ganado, pero aconsejado por mi padrino, don Filiberto Trelles, trasladé gradualmente la mayor parte de las utilidades a un banco de otra ciudad. Si los empleados del banco comentaban algo, darían sólo los saldos que en la cuenta habían quedado, así que todos quedaron conformes.
Pero el asombrado era yo. Las utilidades obtenidas, una vez sacadas todas las cuentas, excedían lo que hubiera podido ganar siendo policía diez años.
Pensé en hacer algo con ese dinero, pero continué trabajando con el ingeniero, hasta ver qué se me presentaba, por lo que al mes, para mi sorpresa, volvió a presentarse Silva. Quería otra cantidad parecida, indicando que estaba muy conforme con el ganado entregado, que le rendía muy bien en el peso, y no como otro ganado que, según indicó, parecía inflado con aire y no respondía en la balanza.
Yo no sabía qué decir. Realmente estaba agradecido con Dios y con el destino, que me había puesto en el momento adecuado y en el lugar preciso. Estaba agradecido con las personas que me apoyaban, y me mostraron otra cara del mundo por primera vez en mi vida. Hasta entonces, había vivido un poco resentido por los problemas familiares y porque pensaba que no merecía un destino tan duro.
El nuevo contrato quedó fijado en 900 reses, y la primera entrega sería el mismo año, y las otras tres al año siguiente, pues ya se aproximaban las lluvias. De remate, entregó un adelanto, lo que colmó las expectativas de todos. Cuando la suerte estaba de mi parte agarraba con fuerza mi moneda de plata, parecía que ese pequeño redondel metálico tuviera virtudes extraordinarias. Desde que me lo entrego mi madre no se separó de mi. Lo tenía en dispositivo especial de mi pantalón, el mismo que mandaba incluir en cada uno de mis ternos o pantalones de montar. Protegido por un botón de cierre era imposible que se me pudiera caer.
Mis muchachos ya estaban preparados, y lo mejor de todo, les encantaba estar correteando de aquí para allá, en calidad de representantes de un empresario, el que hacían más o menos grande de acuerdo a la necesidad de las circunstancias. Y como todos eran jóvenes, los resultados con las damitas de los diversos pueblos eran materia de competencia entre ellos. Los muchachos ya no llevaban dinero, sólo unos cheques, con los que se pagaba por los animales. Ya todos se habían pasado la voz de que esos cheques eran muy seguros, y para los mismos ganaderos era más conveniente. Con este sistema al final de la jornada se juntaban todos los pagos realizados y se sacaban las cuentas con cada uno de los contratistas, ya que éste carácter tenían seis de mis amigos, a los que ayudaban otros tantos y con quienes compartían sus ganancias en base a acuerdos personales entre ellos.
Aproveché el invierno para viajar a Lima. La capital era un hermoso lugar para pasar el verano. Como a todo hombre andino me llegaron a fascinar las playas, donde nos trasladábamos en grupo tomando el tranvía. Las amistades me ayudaron a comprar algunas cosas que eran muy necesarias para mejorar mi apariencia. Como es lógico, el principal motivo de mi viaje era que estaba enamorado. Tenía que comprar regalos para mi amada, y sobre todo para mi suegra. Ésta era una matrona famosa en todos los pueblos de los alrededores. Era la única persona que había logrado educar a sus hijos en la capital de la república. Pero no sólo eso, sino que lo hizo en los mejores centros educativos superiores. Eso la hizo más famosa y respetable.
En esa personita, en la hija de esta gran señora, recientemente llegada desde Lima, había puesto mis aspiraciones. Ahora sí estaba preparado para ello, y tenía que lograrlo.
En Lima, visité a mis amigos. Sobre todo a aquellos de la fábrica textil donde había trabajado con un italiano que se encargaba del mantenimiento de las máquinas. Con él congeniamos mucho desde que nos conocimos. Este me propuso quedarme a trabajar, incluso me dijo que estaba gestionando la instalación de una pequeña planta de textiles para fabricar medias. Le ayudé durante dos meses, y luego consideré que mi destino ya estaba echado y tenía que seguir para adelante. Lo que pesó más en mi decisión, lógicamente fue el amor. Yo, el hombre duro que había tenido mil aventuras y que no creía en las patrañas que llamaban amor, estaba seria y definitivamente flechado. Fue un verano inolvidable que me permitió sobre todo entender que siempre había sido bien querido y estimado por mi familia y por mis amigos. Y seguramente eso permitió curar las heridas y ahuyentar los resentimientos de mi infancia y hacer de mi un hombre de bien. Me despedí también de toda una etapa de mi vida cerrando con piedra y lodo una puerta para poder abrir otra. Así que terminé con mis cosas, me despedí de los familiares y amigos y enrumbé nuevamente a los andes bravíos, a cumplir con mi contrato y con mi destino.
Apenas llegado al pueblo, ensillé mi fiel tordillo con una montura nueva que había comprado en Lima donde un famoso talabartero de la calle Plateros, y de inmediato me puse a trabajar. Mis amigos habían avanzado mucho a pesar de las intensas lluvias, y en tres meses dimos cuenta del expediente, como se dice y en las mismas condiciones que el primer pedido. Las últimas entregas las hicimos con bastante dificultad, porque las reservas de ganado bueno y maduro prácticamente se habían agotado en nuestra zona. Silva estaba informado de ello, así que no me insistió en una nueva entrega. Agradeció el esfuerzo desplegado y la preocupación por la calidad de los animales, y nos despedimos como buenos amigos.
Entre tanto, había conseguido el consentimiento de la señora Hortensia, y estaba de novio con su linda hija. Luego de un corto noviazgo, como era de esperarse, nos casamos. De mi parte no quise esperar mucho ya que era un sueño, que apenas podía creer haberlo podido hacer realidad. Al final Doña Hortensia de ser mi adversaria había pasado a ser mi mejor aliada. Logré con ella una afinidad que ya quisieran muchos yernos y no tuve que esforzarme mucho. Para ella lo único valioso en un hombre era su capacidad de trabajo. Bueno no solo eso, también le agradaba un trato amable y respetuoso y que el postulante no careciera de inteligencia. Al parecer tenía un trauma, Ella misma se había casado con un hombre muy inteligente, también laborioso y respetuoso. Lo único que le faltaba al esposo era poner los pies en el suelo. El hombre era un verdadero artista. Era el típico 7 oficios y 14 necesidades. Ella atendía a su marido con amabilidad, no extenta de amor, pero también con mucha condescendencia. Se había resignado a que no aportara económicamente al hogar. Ella había tomado la sartén por el mango y era quién organizaba todas las actividades productivas. Su centro de operaciones estaba en un gran horno de panificación, de donde salían todas las maravillas que consumía el pueblo y muchos otros pueblos de los alrededores. Tenía unas manos mágicas para hacer desde panes, galletas y pasteles. Mandaba sobre una legión de 20 señoras que se afanaban en torno a una gran mesa de trabajo y a quienes dirigía con una mezcla de cariño familiar y energía innata. Desde allí la rodeaba una infinidad de actividades que organizaba con gran determinación y sentido común. Desde las actividades agrícolas como la siembre de trigo para que no faltara trigo en el horno, y todos los productos que irían a la mesa para alimentar a los 40 0 50 personas que trabajaban para ella, Otra actividad importante era la cría de ganado, para lo que cultivaba extensas pasturas.
Yo la llegue a apreciar y a admirar sin ningún recato. Lo que había logrado construir sobre la base de una pequeña herencia familiar era asombroso. Por ejemplo para hacer esos agradables biscochuelos que salen de su horno, tiene que hacer sembrar la papa, cuidarla, cosecharla, luego hacer rallar la papa con 10 ó 15 mujeres, de allí obtener el almidón, hacerlo secar y gurdarlo cuidadosamente para que dure todo el año. ¿Quién no ha degustado de esas pequeños manjares en pequeños rectángulos que salen del horno mágico de mi suegra? Son delicadezas que todos aprecian y compran y que llegan hasta la capital de la provincia. Con estas armas mi querida suegra se fue ganando el cariño de la gente. De mi parte no podía menos que admirarla. Y por supuesto casarme con la niña de sus ojos.
§ Querida suegrita, le decía cuando ya contaba con su confianza, si su hija tiene la mitad de cualidades que usted, me habré llevado el premio gordo de la lotería.
§ Hay don Alfonso, me contestaba, para una madre que pasa tantos trabajos, educar a sus hijos debe ser lo más difícil. No queremos que les falte nada a ellos.
§ Pero usted suegrita cumplió más que nadie mandando a Lima a sus hijos. Mandarlos a Huamanga ya hubiera sido bastante, Con eso ha dado un ejemplo a mucha gente.
§ Hay que hacer las cosas bien Alfonso, o mejor no hacerlas.
§ Pero con la escuela que tiene usted en su casa me imagino que le habrá enseñado a su hija a cocinar esas maravillas que usted prepara.
§ Hay está uno de los problemas, hijo, ella a nacido para otras cosas más importantes, pero si es necesario yo misma iré a donde vayan ustedes a cocinar en lugar de ella

DANZA MI DOLAR

DANZA MI DÓLAR DE PLATA



Lo primero que hice fue ir a ver a mi madre quién apenas verme ya estaba leyendo en mi rostro.
§ Habla con franqueza Alfonso, me dijo, de lejos ya vi la preocupación que traes, ¿se trata de una mujer? Algo grave debe ser que te a prestado esa cara de hombre grande.
§ Es verdad madrecita, tu me has visto andar cómo diablo en pena. He estado buscando lo que no es posible encontrar, pero la virgen ha puesto la oportunidad en mi camino. Pero se trata de plata grande.
§ No te preocupes Alfonso, por la mañana le daremos solución a eso. Ahora serena tu corazón, aquieta el alma y descansa, eso es lo más importante.
§ Sus palabras me dieron una tranquilidad y una paz que en muchas semanas y meses no había tenido. La serenidad del rostro de mi madre me dio una gran fuerza y confianza. Ella tiene la solución, cualquiera que sea me dije, y pude relajar mis entumecidos huesos, relajarle y dormir como un niño en aquel camastro que había acunado mis mejores años. A la mañana siguiente la madre me había preparado un espléndido desayuno y cuando me animé a preguntarle me dijo.
§ Ten hijo aquí te entrego todo mi capital. Con esto resolverás lo que necesitas, y diciendo esto me entregó una antigua moneda de plata, con gran ceremonia y seriedad.
§ Pero madre…
Solo alcancé a decir esas palabras con gran asombro. Pero al mirar a sus ojos profundos y serenos, éstos me trasmitieron una tranquilidad que no conocía, agradecí el gesto como si hubiera recibido un baúl lleno de dinero, y a despedirme con un conmovido abrazo.
Pasado el primer momento de desconcierto comprendí que a mi madre nunca le habían faltado recursos. Nunca tuvimos grandes riquezas, pero siempre hubo para lo necesario y vivíamos algo mejor que los vecinos. Así me enteré que esa moneda, a la cual ella llamaba “Mi Dólar” era una especie de talismán o amuleto que le daba la confianza de encontrar siempre el pan de mañana. Y desde ese momento a mí también me dio la fuerza muy grande para hacer todo lo necesario y cumplir el compromiso que había adquirido.
Con el pequeño adelanto y el dinero que me facilitó don Enrique, me fui a los pueblos ganaderos, empezando por el mío. Di una gran fiesta, invitando a todo títere con cabeza. Allí arengué a los míos en el sentido de que habíamos recibido un desafío, y que yo lo había aceptado en nombre de todos ellos. Les dije que cumpliendo el reto que nos habían hecho, pondríamos en su sitio nuestra fama de buenos ganaderos, y de paso nos ganaríamos unos buenos soles. La idea tuvo una buena acogida, y los más entusiastas me acompañaron a los otros pueblos. Yo había estado varios años en la capital, y luego, recorriendo otros pueblos, en calidad de guardia civil. Al retirarme, había adquirido la costumbre de vestir bien y tener una buena cabalgadura con excelentes aperos. Eso gustaba a los muchachos, a quienes organicé como a un cuerpo militar y a cada grupo se le entregó una tarea muy específica y un territorio que no podía ser invadido por el otro grupo.
Más rápido de lo que había calculado, se armó el primer lote de animales. Los trasladamos hasta unos corrales que previamente había alquilado, y allí los tuvimos varios días, para que se recuperaran del viaje, y ponerlos presentables para el comprador. Era un bonito lote de animales. Se les dio buen pasto, y mandé a mis ayudantes a bañarlos y escobillarlos bien. Yo mismo, armado con una tijera, cortaba los pelos que algunos animales tenían de más. Luego mandé a mis amigos por el segundo lote, con la consigna de que les daría pronto alcance con su dinero. Como los viera desconfiados, les entregué, en calidad de adelanto, hasta el último real que me quedaba del dinero recibido. Con eso, ya quedaron más tranquilos y se fueron a recorrer los pueblos que habíamos acordado.
Desde que dio inicio este negocio no soltaba para nada mi dólar de plata. La fe que había puesto en el mi madre, se contagió a mi persona y desde entonces me acompañó en muchas actividades productivas dándome la fuerza necesaria para no acobardarme nunca cuando el efectivo hacía falta.
Cuando vi que todo estaba bien encaminado me fui al campamento de mi amigo Enrique, para esperar la venida del ganadero. Contraté pasturas y algunos peones para que cuidaran los animales próximos a llegar. Los muchachos no demoraron ni tres días en aparecer, pues eran muy cumplidos con las fechas acordadas. Casi al mismo tiempo también llegó Silva y de inmediato lo llevé a los campos de pastoreo. Quedó encantado con la calidad del ganado. Su juventud era solo en apariencia, el joven conocía a profundidad el negocio ganadero y a ojos vistas evaluaba el lote de una sola mirada. Luego volteando hacia mi su cara de satisfacción me dijo:
§ Bueno, como un incentivo para usted, mi querido Alfonso, sin contar grandes ni chicos, le pagaré a 18 soles por unidad. Mi gente ha contado 108 animales, por lo que le debo exactamente 1,944 soles, tenga y cuéntelos, por favor.
§ Son sólo mil novecientos ocho, los otros dos animales, se los traigo a mi amigo, el ingeniero Enrique.
§ Pues así sea, pero tenga el dinero, que no lo volveré a contar, luego me entrega los dos animales.
Era un mundo de dinero. Nunca había tenido en mis manos esa cantidad. A mí, me salían los animales a 8.50 por cabeza, incluidos todos los gastos, y el pago de la comisión a mis amigos, peones para el traslado, pastos y otros. En esa época todo lo veía del tamaño y precio de las reses, así que poniéndome a calcular, se me ocurrió que con ese dinero podría conseguir más de trescientas reses, y ya estábamos hablando de la mitad del pedido. Esas cuentas me dieron una gran alegría y no podía creer que los hubiera conseguido de una manera tan sencilla. Bueno, que había sido sencillo es una manera de decir cuando uno se mueve en ese ambiente y para quien tiene la información necesaria. Para una capitalino andar por esos andurriales es el mismo infierno.
Ya en el campamento, conversábamos con Silva.
§ Estoy muy contento con el lote de ganado, decía el hombre. Espero que no hayan escogido lo mejorcito para impresionarme.
§ De eso no se preocupe, amigo Silva. Tendrá la misma calidad, mientras yo sea su proveedor.
§ Le agradezco, don Enrique, el haberme recomendado a un amigo tan serio y responsable.
§ Bueno, se lo dije desde un principio, con decirle que el hombre llegó con cuatro días de adelanto, y ese tiempo estuvo esperándolo. Pero agradezco también que me trajera de Lima esos manjares que me regaló. Aquí no se come mal, por el contrario, desde que Alfonso me provee, comemos muy bien, pero no se encuentran esas cosas que vienen de la capital.
§ No era para menos, don Enrique, es una nadería lo que les traje, apenas unas galletas, fideos, conservas y esas chucherías.
La cena estaba magnífica. El ingeniero no se descuidaba en llevar donde iba, a su magnífica cocinera, que esta vez había combinado muy bien lo comida del lugar, con lo traído por el joven desde Lima.
§ Lo que se ha hecho ahora es una obra de pioneros, dijo con ceremonia Enrique, y eso merece celebrarlo con un buen vino. Salud amigos.
§ Este acuerdo puede llamarlo la triple alianza, dijo Silva, y mientras se avance como hoy día, no tengo inconveniente en traer el mejor vino de Ica para celebrar la incorporación de tan lindos territorios a la vida nacional.
§ Yo y mi gente procuraremos estar a la altura de tan buenos amigos, dije, y no pude continuar ya que eso de hacer discursos no era mi fuerte.
§ Era un simple campamento, pero la mesa estaba servida como para una verdadera fiesta, la que compartimos con la gente de la obra y otros invitados que habían llegado atraídos por los avances de la carretera.


Luego de preocuparme por dejar al ingeniero bien abastecido, y de regalarle los dos magníficos toros que había traído para él, por la recomendación hecha, regresé a los pastizales, donde me esperaban mis hombres de confianza, y emprendimos el viaje por el segundo lote. No dije a nadie nada del dinero, pero tomé la precaución de pasar por el pueblo, y abrir una cuenta en el banco, donde guardé la mayor parte. Luego compré dos buenos revólveres a mis ex camaradas de la policía, y contraté a uno de ellos, que estaba de vacaciones, para que me acompañara en las correrías dándome apoyo.
§ Llévate el uniforme por si acaso. Haremos un trabajito de cuidado.
§ Está bien, hom, ahora usted es mi oficial, e iremos a donde usted diga y haremos lo que usted mande.
§ Lo pasarás bien, hermano, ya sabes que no todo es trabajo.
§ Claro que sí, y menos conociéndolo a usted.
Llegando al pueblo, lo primero fue arreglar las cuentas. Ya estaban empezando las murmuraciones, por la demora en los pagos, y eso no era bueno. Pagada la gente, de inmediato salieron a buscar más animales. Contentos, pues también se pagaron las comisiones a los amigos que estaban comprometidos a reunir los animales. Salieron cuatro grupos, llevando todos algo de dinero para las compras, pero no mucho, pues era cuestión de evitar las sorpresas. Como ya se habían pasado la voz de que éramos buenos pagadores, no habría inconveniente en usar el mismo sistema anterior. Pagar un adelanto, y recoger los lotes fijando una fecha de pago.
Con mi grupo, nos fuimos a los pueblos más alejados, pero también donde todavía no habíamos llegado, y las crianzas eran de lo mejor. Me di con la sorpresa de que en esos lugares no sólo conocían bien a mi padre, sino que lo apreciaban mucho. Como en otras ocasiones, hicimos una buena fiesta, invitando a los ganaderos, incluyendo a los que vivían lejos o retirados del pueblo. Para ello, me brindó su casa un pariente de mi padre, don Camilo Bustamante. Fue una bonita fiesta, pero lo que más les gustó fue que era también para hablar de negocios. A partir del día siguiente, con mi amigo el policía, hicimos una relación de las necesidades de ganado que había, con la fecha al costado. Luego empezamos a atender a los ganaderos, poniendo en otra columna la cantidad que entregarían y la fecha de entrega. A los que entregarían de inmediato, se les daba su adelanto y se firmaba el respectivo contrato.
No podíamos haber calculado mejor. Había ganado de sobra y bien alimentado. En mi pueblo, el tamaño de las reses era mayor que en otras zonas, pero en estos pueblos sembraban alfalfa y su ganado era de lo mejor, para levantar el lote, como decían mis paisanos. En esos primeros días, recogimos más de doscientos animales y resolvimos llevarlos todos, pues serían mezclados con tres lotes sucesivos, y para el cuarto, ellos mismos traerían cien animales hasta la capital de la provincia, y se les pagaría al contado. Fue una jornada memorable. Los demás también regresaron con buenos resultados, así que luego de unos días de descanso para los animales, nuevamente nos pusimos en marcha, esta vez con más 240 animales.
En los pueblos intermedios, alquilábamos pasturas, para que el ganado no sufriera y llegara en buenas condiciones. Luego de cuatro días de marcha, llegamos a los potreros alquilados, a los que felizmente habíamos encargado que se regaran abundantemente, para que hubiera abundante pasto y se pudiera recuperar el peso del ganado que llegaba. Igual que con el lote anterior, se puso presentables a los animales, que tenían cinco días para mejorar su aspecto.
Como debíamos evitar que los vendedores entraran en contacto con el comprador, los llevamos al pueblo a festejar. Éste quedaba a unas buenas cuatro leguas de donde estaban las pasturas, y de allí, bien atendidos, comidos y bebidos, los enviamos por el tercer lote. Esta vez, con su pago completo, y el corazón contento.
Regresando, ya Silva nos estaba esperando. Le gustó mucho el lote, pues los animales de Parinacochas habían levantado a la tropilla que entregamos esta vez.
§ Mi buen amigo, dijo, pensé que, como siempre se hace, ustedes me habían traído el mejor lote la primera vez. Éste está mejor, y como premio al esfuerzo, le bonificaremos con 19 soles. Así que 246 animales por 19, salen exactamente 4,636 soles, y aquí los tiene a su disposición.
§ No esperaba esta amabilidad de su parte, gracias, y son sólo 4560, ya que los dos son pedido de don Enrique, y no se olvide de descontar los dos anteriores.
§ No se fije en minucias, amigo Alfonso, los números quedan como están, porque así han sido anotados. Dele ese saldito a sus hombres en mi nombre, que se tomen un buen caldo y si alcanza también un buen pisco.
§ Gracias, Roberto, no he conocido antes a un amigo tan generoso como usted.
§ No le haga tantas vueltas, Alfonsito, yo estoy ganando buena plata gracias a usted, y espero que usted también tenga alguna compensación, ¿qué mejor cimiento puede haber para una buena amistad?.
§ Y eso merece un salud, con este rico vino de Ica que me ha traído Roberto, intervino don Enrique. Se siente la uva fina en este producto y es hora de rendirle honores, ya que es otra buena ocasión para celebrar. Y no hay mejor manera de hacerlo que ponerse un buen vino entre pecho y espalda, vengan por aquí muchachos.

Los Años maravillosos

LOS AÑOS MARAVILLOSOS




Recuerdo a mi padre ya cuando la prosperidad había sido conquistada. Era un hombre alto, ligeramente encorvado, con un rostro serio y respetable. Lo recuerdo vestido elegantemente con su terno blanco que le gustaba usar en la Hacienda, dando órdenes sobre alguna urgencia en el portal de la gran casona, con el viento revolviendo sus cabellos y la parte baja de su saco. Lo recuerdo con el gesto resuelto y maduro con la satisfacción retratada en las facciones, y con esa tranquilidad que le da al hombre haber logrado sus sueños. Lo recuerdo también sentado en la banca del gran corredor exterior a la casa, pasando la mano por la cabeza del gran Dany o dándole de beber un poco de agua a su caballo blanco, luego de haber dado una vuelta completa a las zonas de trabajo.
El gran canino que era el responsable de la seguridad de la casa y mandaba con fauces de hierro sobre toda la jauría, pero cuando llegaba el amo, se acercaba muy digno a presentar su salido. En cambio el caballo era su compañero inseparable de mil correrías, y lo conservaba desde los tiempos de los rodeos de ganado.

El gran Danny, vino desde Alemania, traído por un refugiado alemán que se lo regaló a mi padre. Era un perro noble, que de inmediato desplazó a los venerables Tony y Sultán que habían reinado hasta entonces. Era de noble estirpe, se notaba a las claras, pero nunca logramos saber de qué raza era. Era de gran tamaño y orejas de labrador. Por su parte el caballo blanco era heredero de una estirpe de caballos árabes que venía de los corrales del padre de Alfonso, gran criador de equinos de raza con fama en todo el sur de Ayacucho. Los dos animales estaban siempre en todos los actos del hombre. El caballo cuando estaba en el campo y el can cuando estaba en la casa. Ambos estaban a la altura de los acontecimientos de este hombre singular.

Alfonso Bustamante no era ateo, pero tampoco era practicante ni religioso. Tenía su propia manera de conversar con Dios. Lo hacía personalmente o por medio de una imagen de la Virgen de Fátima, que es la única ante quien alguna vez lo vimos reverente y silencioso. Cuando relataba su vida, llena de aventuras, todos guardaban silencio, aún hoy me parece escucharlo en una de esas tertulias de sobremesa de los buenos tiempos.
“Eran tiempos bravos, en esa época yo tenía casi cuarenta años. Pensaba que me quedaba muy poco tiempo para hacer todo lo que me había propuesto, sobre todo para labrarme un futuro. Hasta ese momento la vida me había sonreído. Trabajaba como un poseído, pues sólo contaba con mis manos para lograr lo que deseaba. Quería casarme con Celia, la muchacha de mis sueños. Ella lo tenía todo, era hermosa, de buena posición, y había sido educada mejor que ninguna mujer que yo conociera hasta entonces. Casi no lo logro, pues para pedir su mano había que tener con qué sostenerla, su madre, en eso, era muy recta. Y además, no era fácil llegar a Celia, porque era una muchacha que sabía bien lo que valía y lo que quería en la vida. La pérdida de los recursos que su madre llevó a Lima, la habían obligado a regresar acompañando a la madre, pero todos sabían que era un retorno solo temporal, ya que al conocer otros horizontes, ella había visto que su destino estaba muy lejos del pequeño pueblo. Como ya era una profesional y muy solicitada, pudo muy bien haberse quedado en la capital, pero la solidaridad con su madre y la íntima relación que con ella tenía la obligaron a darle su apoyo en ese retorno obligado.
Yo por mi parte recorría todo los pueblos buscando una oportunidad de hacerme de un patrimonio, para darlo como una ofrenda a mi amada.
Ya estaba cerca de la desespe-ración cuando quién te dice cholo, un buen día de esos me encuentro con mi compadre Alberto. Me trajo la novedad de que estaba cerca la construcción de la carretera que venía de la capital. Se estaba uniendo a dos departamentos y el frente de la misma estaba a pocos kilómetros de nuestra provincia, pasando por el departamento vecino. Se me vino a la cabeza la idea de ir a ver qué novedad traía la bendita carretera, porque tantos afanes y movimiento de tierras, algo tendrían que venir trayendo. Fueron unos buenos tres días de marcha en mi fiel caballo tordillo, pero lo hice con gusto, y saboreando el paisaje y el buen clima del mes de agosto.
La carretera estaría a unos buenos cuarenta kilómetros de la ciudad. Me recibieron bien en el campamento, y de inmediato hice amistad con el ingeniero residente, de apellido Martínez. Resulta que tenían necesidad de abastecerse de carne y otros productos, para el rancho de los trabajadores. El ingeniero me preguntó si podría hacerme cargo de eso, pues el muchacho que se dedicaba a esos menesteres, más paraba en plan de enamorar a las lindas muchachas que en atender su trabajo.
§ Éntrele a eso, don Alfonso, me dijo, que con usted no será en plan de empleado, sino en calidad de contratista proveedor. Y verá que le saca buenas ganancias.
§ Haremos la prueba, nunca he trabajado en eso, le contesté, pero de ganado sí que conozco bien, por lo menos no les faltará carne.
§ Trato hecho, entonces. Me tendió la mano con una sonrisa de amigo.

Y eso fue suficiente. No mediaron papeles ni documentos. A partir de ese momento, sólo contando con una relación de provisiones, se selló un pacto mejor que cualquier contrato. Además, aprendí mucho del profesional, apoyándolo muchas veces en la contratación del personal, y haciendo algunas obras que me encargaba cuando tenía que viajar a Lima para traer herramientas o hacer coordinaciones con el Ministerio de Transportes. Y cuando estaba presente lo acompañaba durante largas semanas con los ojos y los oídos bien abiertos, pues las labores de construcción de caminos siempre me apasionaron. El, por su parte aburrido como estaba, sin tener con quién conversar, gustaba de dar largos paseos por los alrededores planificando cómo se daría continuidad a las obras y corrigiendo a base de experiencia el trazo que le habían dado en los planos. Por ese tiempo, el residente de la obra encontró la forma de darme algunas responsa-bilidades, solo por el gusto de tener con quién conversar. Y cada vez me quedaba más tiempo en la obra, y el hombre me explicaba las cosas de su profesión. Bastaban tres o cuatro días para que consiguiera lo necesario para toda la quincena. Tres o cuatro chanchos, una tropilla de carneros, dos o tres vacas, y una recua de mulas cargadas de papas, verduras y lo que fuera que hubieran pedido. La provincia era famosa por su producción, así que los amigos me tenían todo preparado, para los días fijados. Yo sólo iba a recoger los pedidos. Por supuesto, me demoraba un par de días más, para hacer ver que era trabajador, y para darle vueltas a las jovencitas. Pero al regreso, le ponía mucha atención a los trabajos y a las explicaciones del ingeniero. Esas enseñanzas me valdrían mucho en el futuro.
Luego de entregar la carga, me ponía detrás de los trabajos, y trataba de aprenderlo todo, pues hechas las cuentas, se veía que era un trabajo muy rentable.
En esas estábamos, cuando se apareció caminando un señor llamado Roberto Silva, un joven de ojos claros, casi amarillos, pelo ensortijado y sonrisa pronta. Parecía un noble inglés que estuviera disfrutando de un paseo por el campo a pesar de los bueno 20 kilómetros que había caminado desde el lugar en que daban inicio los trabajos. Traía consigo una amplia sonrisa que al momento conquistaba a sus interlocutores. Era el primer ganadero que, pensando que la carretera ya estaba lista, se había aventurado por esos caminos de dios, porque le dijeron que en esta zona había grandes crianzas de ganado.
No era la primera vez que venía, ya que el ingeniero Ramírez lo trataba como a un buen amigo, le dio alcance y le dijo:
§ Ahí esta usted amigo Silva, Venega, venga que voy a presentarle a quién solucionará todos sus problemas, le dijo estrechándole la mano.
§ Siempre es un gusto saludarlo ingeniero, respondió el aludido echando una mirada hacía dónde yo estaba.
§ Le presento a don Alfonso, le dijo el ingeniero, él le puede conseguir la cantidad que usted quiera, sin ningún problema. Yo mismo le pido buenas puntas, y me las trae de inmediato.
§ Sin duda el amigo mentía, con el fin de favorecerme. Pero yo, intuyendo de que se trataba, estaba asustado, aun así quise saber:
§ ¿En cuántas cabezas está pensando, señor Silva?, Pregunté, tratando de darme los aires de un ganadero de importancia.
§ Bueno, para este primer lote, no más de ochocientas.
Casi me caigo de espaldas, pero supe disimular. El señor Silva me pareció muy joven para estar metido en negocios de esa envergadura. No parecía tener más allá de los veintidós o veintitrés años. Lo que sí tenía bien claro, era que yo jamás me iría a meter en un negocio que estaba más allá de lo siquiera soñado. No me apresuré a dar ninguna opinión, pues era obvio que el ganadero ya habría reparado en que, a pesar de la buena montura y de que gustaba de vestir bien, no era yo la persona con quién podía tratar. Lo que sí podía hacer, era ponerle en contacto con quienes pudieran manejar un pedido tan considerable. Sólo recordaba al señor Trelles, pero él no operaba por esta zona, más bien en el próximo valle, bastante alejado aún.
En la noche, ya apagadas las luces, se me apareció Enrique, el ingeniero, que me sacó al campo a dar una vuelta y me dijo:
§ He visto que eres un gran muchacho muy serio, y tienes aspiraciones que en otros no he visto. No vayas a dejar pasar una oportunidad como ésta.
§ Pero don Enrique, amigo mío, cómo podría afrontar yo el compromiso de comprar una punta de ganado como ésa? Ni soñarlo.
§ Mira, muchacho, no es preciso que entregues todo el ganado junto. El señor Silva tiene un camión esperando en el valle, cerca del río. Para el traslado debe contratar unos dos o tres camiones más. Como la carretera es nueva, no habrá más gente que se aventure por aquí. Es un ganadero moderno, no piensa en trasladar el ganado por tierra como tú imaginas, sino por camión. Eso se hace poco a poco. Si yo te garantizo con Silva, entregarás el primer lote rápido y luego vamos haciendo un cronograma de entregas y vas dándole vueltas a la plata.
§ Tranquilo, don Enrique, para darle vueltas a la plata primero hay que tenerla.
§ Eso lo vemos luego, yo mismo te facilitaré un adelanto, lo demás tienes que verlo con el ganado que tienen tu familia y tus amigos.
§ Eso ya va tomando forma, a ver pues, converse con el hombre, yo, por mi parte, pondré aunque sea mi propia alma si hace falta.
§ No te me acobardes, muchacho, confío en ti.


El hombre me hablaba como si fuera mi propia familia. Sin duda me tomó cariño, y yo también a él. Desde que me puso la idea en la cabeza, le di vueltas al asunto como un verdadero poseso, y me gustaba cada minuto más. Era cuestión de tener confianza y hacer una estrategia para hacer colaborar a los amigos. Tal vez mi madre todavía conserve algunos ahorros con lo precavida que siempre era. Su norma además del trabajo siempre fue la de guardar algo para los tiempos malos.
Tal vez me favoreció el hecho de que Silva era muy joven, y vio con naturalidad mi participación en el asunto. Con la mediación de don Enrique, se formalizó un contrato, donde figuraba un pequeño adelanto, y pagos contra entrega de cada lote de 200 animales, siendo el primero de 100 y el último de 300, Debía entregarse todo en cinco meses, antes del período de lluvias.
El precio por cabeza fue lo que más me entusiasmó, el joven pagaba entre quince y veinte soles por cabeza. Yo los podría conseguir entre cinco y siete soles, según el tamaño y peso. No quise pensar en la posible ganancia, pero para esos tiempos se trataba de dinero grande.

En la Selva Danzan Las Estrellas

EN LA SELVA DANZAN LAS ESTRELLAS




La política es una cosa curiosa. Tanto desmán habían hecho en el país los militares, que nosotros éramos sus críticos. Y no de los blandos, sino de los críticos duros. Ello era producto de lo que podíamos ver en nuestros continuos viajes. Había necesidad y desesperanza. Se notaba claramente que para políticos y conductores de la cosa pública, a los militares la camisa les quedaba ancha, muy ancha, empezando por el “Cojo”.
Con el tiempo aprendieron bastante, pues como en toda institución, entre ellos también había gente inteligente y con muchos deseos de darle al pueblo algo de las tantas promesas que habían hecho los dirigentes. Fue un período que se hizo muy largo, desde el año 1968, hasta el 75.
Lo que podemos rescatar era que tenían una política nacionalista. Esta tenía, por supuesto, dos caras. Una positiva, que permitía el surgimiento de industrias nacionales, que sustituyeran la falta de importaciones en algunos rubros. La otra cara, por supuesto, era negativa. Como el país no estaba muy endeudado, los militares aprovecharon para hacer las cosas con el fácil trámite del endeudamiento externo. Bastaba llenar unas cuantas cuartillas, tramitarlas a las entidades financieras correspondientes, y milagrosamente venían los préstamos, dando una falsa idea de prosperidad. Como todo lo que se consigue con facilidad no es apreciado, los dineros se gastaban sin ton ni son. No hay nada en un país que sea tan dañino como el dinero mal invertido, porque luego éste no será productivo y para devolver los préstamos no hay de dónde tomarlo, por lo que al pueblo hay que cargarle más impuestos. En aquella época en el mundo había mucho excedente de capitales y el trámite para conseguir préstamos era muy fácil. Las entidades y países que prestaban dinero tampoco eran rigurosos en los requisitos para el otorgamiento de los préstamos. Se contentaban con recibir las solicitudes y colocar sus recursos
Con la apertura de los gobiernos democráticos, vino también la apertura de las importaciones. Los lobbies, en este sentido, habían caminado rápido, y se hizo una apertura brusca y sin un estudio minucioso. Sólo se mencionaba, grosso modo, que si las empresas nacionales podían competir eficientemente con las extranjeras, no tendrían por qué preocuparse, y sólo deberían adecuarse un poco y seguir produciendo.
No era cierto. Detrás de esas medidas apresuradas, estaban los gavilanes, como el chinito mayorista y su bien organizada pandilla. Y las víctimas fueron centenares de empresas como la nuestra, que recién estaban entrando en el sistema y tratando de comprenderlo, cuando ya les cayó encima la indiscriminada apertura. Con ella vino, por supuesto, la lucha de las pandillas de importadores, para ver quién era el más fuerte. La lucha era a base de precios.
Nosotros no estábamos ni remotamente preparados para aguantar esas luchas intestinas. La demanda de yucarina se vino al suelo, junto con las demás que se habían prendido de la misma esperanza. Había empresas de todo tipo. Tal vez las que más perdieron fueron las de la línea automotriz. Se habían instalado muchas ensambladoras de vehículos, que tenían sendos programas de una sustitución gradual de piezas y partes, lo que permitió que nacieran como hongos infinidad de pequeñas empresas, que haciendo un esfuerzo considerable, se lanzaron ha fabricar todo lo imaginable para las necesidades de los vehículos.
Nosotros no sufrimos tanto como ellos, que veían desfilar sus instalaciones trabajosamente logradas, por el sendero de las deudas impagas. Casi todos los equipos que habíamos instalado, lo hicimos por nuestra cuenta y al costo de los propios productores, y eso a pedido de ellos mismos. Las inversiones en nuestra propia planta no eran cuantiosas.
Lo que nos afectó mucho, fue que mientras esperábamos a que el gobierno corrigiera algunas medidas, como lo prometió, tuvimos que hacer las ventas a pérdida, y eso fue por más de ocho meses. Cuando llegamos a la conclusión de que sólo habíamos sido engañados, ya habíamos perdido buena parte de las ganancias.
No tuvimos la fuerza ni la claridad para recomponer las fuerzas y emprender un camino nuevo. En un país como el nuestro, donde todo está por hacer, hay mil caminos nuevos todos los días. Pero tal vez no le pusimos el debido entusiasmo, porque quería dedicarle mucho más tiempo al proyecto nuevo que nos estaba embrujando. En plena sierra esta vez, queríamos trabajar todo un proyecto de tecnología nueva y brotada de la necesidad. Este proyecto lo estábamos empujando con mis hermanos. Uno a tiempo completo, el segundo, que era yo, a medio tiempo, el tercero, era todavía estudiante y trabajaba en su tiempo libre, y el cuarto, que era el mayor, daba apoyo financiero y moral.
Todo el proyecto era dedicado a nuestro padre, y con el fin de darle un medio de sustento, pero que al mismo tiempo permitiera la recomposición familiar, que había pasado por tiempos difíciles, gracias a la política de los militares golpistas del 68.
Habían pasado varios años de este régimen, y muchos, con estudios culminados o bien avanzados, nos impusimos esta tarea.
De la experiencia selvática, había mucho que recoger. Sobre todo porque es una región donde emprender cualquier tarea es sumamente difícil y eso te prepara para ser un luchador. Es una zona muy extensa, casi el sesenta por ciento del país. Y está muy poco explotada. Las dificultades son porque aún faltan hasta vías de comunicación. Después de hacer empresa en la selva, puedes hacer lo que sea y te parecerá fácil.
Pero la mejor lección nos la dio la gente, allí se aprende a ser solidario, pero verdaderamente solidario. Pues sólo con esta actitud es posible sobrevivir al reto de vivir en la selva. Es un desafío grande, pero también muy gratificante. Cada año adicional que puedes añadir a tu vivencia es una proeza. Cada peldaño que puedes subir, y hacerlo sin contaminarte con las maneras fáciles de conseguir tu espacio, es un logro de vida invaluable.
Por eso, cuando transitaba por sus carreteras, arreando, como si fueran ganado, cinco o seis camiones Volvo, completamente cargados de producto, me sentía el hombre más feliz. Principalmente porque esas cien o ciento veinte toneladas de almidón, eran una muestra de esa lucha por la vida. El ser parte de ésta, o contribuir con ella, te daba una sensación de libertad intensa, diáfana. Te permitía ver que hay muchos caminos que el hombre puede explorar, y conseguir frutos de la tierra.. Te enseñaba a sentirte parte de la tierra, del mundo, y ver si tenías el coraje suficiente. Si estabas dispuesto a pagar el precio, en tu cuota de esfuerzo e imaginación, la tierra te devolvía ese esfuerzo multiplicado.
Recuerdo que los últimos años de operación empezamos a pensar seriamente en conseguir un préstamo bancario, que era muy necesario para solventar el incremento de nuestras actividades. Como los trámites demoraban, pedimos a los comerciantes de Jeberos que nos facilitaran por dos meses el importe del lote que nos estaban entregando. La respuesta fue inmediata
§ Amigos, cuando se trabaja como lo estamos haciendo ustedes y nosotros, debemos apoyarnos cuando esto es posible. Gírennos ustedes el 10 por ciento de la entrega al llegar a Lima, el 30 por ciento a fin de mes, y al resto pueden darle uso hasta el término del tercer mes.
§ Gracias amigos, dígannos cuánto será el interés....
§ Un momento, el interés se cobra cuando es una operación netamente comercial. Cuando hablamos de apoyo, y se trata de la primera vez, acostumbramos hacerlo sin interés. Si no, no sería apoyo.
§ Pero nosotros quisiéramos compensar vuestra comprensión y.....
§ No crean que no lo hemos considerado. Estamos suficientemente compensados por los servicios que ustedes nos brindan llevando, además del almidón, nuestro barbasco, lo entregan. se preocupan por la cobranza y nos remiten los fondos.
§ Bueno, si lo vemos así, quedamos profundamente agradecidos.
Con esta actitud, nos dieron una buena suma, pues estábamos hablando de cuarenta toneladas de almidón y casi noventa toneladas de barbasco. El barbasco estaba a un promedio de 60 centavos de dólar por kilo. El almidón a 45 centavos de dólar el kilo. Sumando todo, era una buena cantidad.
Sólo firmamos un documento, con las firmas del coordinador de los comerciantes, y yo, representando a mi empresa. Un papel simple, como acostumbraban ellos. Nada de notarios que solo sirven para enredar las cosas y cobrar hasta por el aire que se respira y cada lapicero lo compran a un sol y lo venden por varios miles de soles, a tanto por cada firma. Ni siquiera un juez de paz, que cobra menos pero que no es necesario cuando el alma se asoma a los ojos y puedes ver a través de ellos al hombre correcto y bien intencionado. Nosotros, que viviendo en Lima, haciendo comercio en los mercados, en la Parada, que es el centro de la delincuencia de la capital, debíamos vivir cuidándonos a cada momento de la gente de mal vivir, pero cuando estábamos en la selva, y especialmente en Jeberos, nos sentíamos totalmente transportados a otro mundo. Con el tiempo, aprendimos a adaptarnos a estos cambios. Pero para nuestra cosecha personal, nos quedaríamos viviendo eternamente en medio de la pureza y las costumbres de esa gente admirable que había conquistado su espacio para su vida en medio de la selva peruana. Y era para envidiarlos, pues había logrado en un pequeño claro de las montañas, lo que todo el mundo anhela en todas las ciudades y localidades del mundo, llegar lo más cerca posible a la felicidad.